Lo que funka del Funka Fest

Cuando tenía 18 años y recién me había graduado del colegio, desconocía sobre las propuestas culturales en el país y no fue hasta que entré a la universidad que descubrí el lado artístico de la ciudad. Tenía 19 años e iba a Diva Nicotina, el icónico bar de las Peñas, en donde se presentaban bandas que para este tiempo ya no existen. Por ese mismo periodo Jaime Tamariz, junto a otros directores y la inauguración del Teatro Sánchez Aguilar impulsarían el teatro, lo que para algunos fue el Boom Teatral de la ciudad.

A los 20 años descubría y conocía una faceta totalmente diferente de Guayaquil. Personas de diferentes sectores, con diversos talentos y con distintas historias; todos deseosos de transmitir y aportar, de una u otro forma, a una ciudad mal vista desde hace años como inculta.

Y es que desde que yo tengo memoria se hacían comentarios como “En Guayaquil no hay cultura”, “Guayaquil es solo una ciudad de comercio”, “El arte no funciona en Guayaquil”. Y por muchos años estuve convencido que eso era cierto, tal vez porque los comentarios negativos suelen ser más pesados que los positivos, pero los positivos son el alimento fundamental para que toda ciudad crezca. Inevitablemente aprendí que quejarse de lo que falta, de lo que se necesita, de lo que se podría hacer mejor, es aunque a veces necesario, a ratos solo una pérdida de tiempo. Por otro lado, prestar atención, ser parte, involucrarte, apoyar y hacer una crítica constructiva es lo que verdaderamente mejorará todo. Es sencillo, la atención es sinónimo de amor y solo si hay amor habrá transformación.

A los 22, ví como el hermoso proceso de gestión cultural en la ciudad entraba en una fase de enfriamiento. Las bandas populares se disolvían, las propuestas teatrales disminuían por falta de presupuesto y las bandas nuevas solo podían aspirar a tocar en un bar con una capacidad reducida. Las bandas más viejas, por otro lado, no veían como negocio realizar este tipo de conciertos e incluso espacios que habían servido para catapultar a diferentes artistas, cerraban sus puertas. Había sucedido algo interesante, las propuestas existían, el público también, pero faltaba irónicamente lo que hace famosa a Guayaquil, alguien que vea esto como un negocio, como una industria.

Espacios como el Microteatro y Pop-Up, de inversión privada se arriesgaron para reestructurar el teatro como un negocio rentable. El sorprendente auge de las redes sociales y plataformas digitales como Spotify, ayudaron a bandas a darse a conocer tanto local como nacionalmente, sumado con su esfuerzo y dedicación para producir de manera independiente sus propios discos. En algún momento hablaba con Geraré, integrante y compositor de Los Corrientes, quien me comentaba que tener una banda en una ciudad como la nuestra, sin una industria definida, no es una carrera de velocidad sino de resistencia.

El amor que es una fuerza sorprendente no puede pasar desapercibida y debido a la pasión entregada de muchos que lograron atraer la atención de un municipio, y hacerle entender lo indispensable que es su presencia para que las cosas funken (funcionen). Por eso el nombre del festival me parece perfecto: Funka Fest. El festival más allá de ser un lindo momento para disfrutar de propuestas culturales, es sin duda el producto del amor de muchos hacia el arte y la ciudad.

El Funka Fest es el festival más grande de música que se genera en Guayaquil, bandas nuevas y viejas aspiran presentarse ante miles de personas. Sus escenarios sirven como vitrina para nuevas y viejas bandas nacionales, y su presencia en la ciudad simboliza una razón más para el turismo interprovincial. En dos años, han pasado por la perla bandas internacionales como: Babasónicos, Plastilina Mosh, Aterciopelados, Carla Morrison y Illya Kuryaki & The Valderramas y este año vendrán The Drums y Café Tacuba. Esto más allá de demostrar el negocio que puede ser la cultura, demuestra que el público guayaquileño está deseoso de propuestas artísticas distintas a las convencionales que nos muestran ciertos medios de comunicación.

Como todo en la vida el Funka Fest no es perfecto, tiene muchas cosas para mejorar pero tiene la capacidad de transformarse en el festival insignia de nuestra ciudad; ese que motive a personas a visitarnos de diferentes partes del país, y porque no de otros, a disfrutar de un momento ameno, lleno de arte y cultura. Hasta que esto suceda, nosotros que estamos viendo el proceso de crecimiento del festival tenemos dos opciones: o ignorar y quejarnos de nuestra ciudad, o prestar atención y hacer que las cosas funcionen. Para mí, inevitablemente el Funka Fest es el recordatorio viviente de que si todos ponemos de nuestra parte, todo funka.

 

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De militar en el @funka_fest 😎 Ph: @nicoletavo ❤

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