Los 15 minutos de fama en la Asamblea

“No toda figura de pantalla es negativa” Decía Mayra Montaño, también conocida como La Bombón, en una entrevista para el diario El Universo explicando y de cierta manera justificando su candidatura para la Asamblea Nacional, en medio de todo el rebulú mediático sobre si las figuras de pantallas deberían involucrarse o no en asuntos políticos.

Para saber si Mayra Montaño tiene razón habría que entender y analizar la dimensión sensible del intercambio entre la televisión y el espectador. La televisión a través de su discurso y en las prácticas sociales, formaliza modos de ver y sentir, generando ritos y mitos del medio y todo lo relacionado con él.

Existe un consenso formal en torno a lo que se puede ver y que no se puede ver en la televisión, este consenso nace debido al rito: La formalización de prácticas recurrentes que transmiten una determinada representación de la realidad.  El glamour de los “famosos” en programas como Vamos con Todo o Jarabe de Pico, las actividades muy buenas o muy malas de los políticos en los noticieros (relativo a la posición política del canal) o los sueños de la gente “común” en shows de concursos como Ecuador tiene talento o Combate.

En cambio el mito formaliza el imaginario del colectivo en torno al medio. Por ejemplo, la idea de la transparencia, el pensar que ver equivale a entender. También la idea de la cercanía, asumir que ver es igual que poseer. Estos mitos transforman a la caja negra que tenemos en casa en algo íntimo y crea (en mi opinión) el más fuerte y peligroso mito: El ver más permite entender mejor.

Nuestra realidad o mejor dicho, la realidad en la que creemos, se va armando como un rompecabezas, usando la información con la que los medios nos bombardean constantemente. Lo que el filósofo Abraham Moles catalogó como la cultura del mosaico. Hay que aceptar que la televisión inevitablemente construye la realidad en la que vivimos o mejor dicho, la que creemos que es nuestra realidad.

Por otro lado, Guy Debord, filósofo francés nos habla sobre la “La sociedad del espectáculo” Una cultura motivada totalmente por la imagen. Es decir, la gente se preocupa más por cómo se perciben a como en verdad son. Importa más cómo luce una persona, que la persona y eso en la televisión es ley.

La televisión en su proceso evolutivo ha decidido romper la barrera que existe entre la información y el espectáculo. Haciendo de la información un espectáculo. El transformar la realidad, hasta lo más íntimo en un gran show. Presentándole al público un espejo en el cual contemplarse creando una relación narcisista – voyerista.

En una sociedad narcisista preocupada por la imagen, no se busca la verdad, se busca una imagen proyectada de lo que deseamos fuese la verdad. Dándole el verdadero poder simbólico de la televisión: El ver y la oportunidad de hacerse ver. Es igual de importante lo que sale en la televisión, que la oportunidad de poder salir en televisión. No por nada el rotundo éxito de los realities en el país.

Entonces, la televisión crea una realidad que no es ni real ni no-real sino una imagen de la realidad. Una realidad no regulada por los hechos sino por la percepción subjetiva de los hechos. Es decir, la televisión no nos muestra lo que es, sino lo que nosotros deseamos que sea. Esta idea es lo verdaderamente peligroso porque a quienes vemos en la televisión no son quienes son sino lo que nosotros queremos que sean.

Tal vez no toda figura de pantalla sea negativa, pero si es falsa. Y el hecho de que sea falsa la vuelve peligrosa, porque la televisión crea comunidades visuales que aceptan lo que ven y también la artificialidad de lo que ven, transformando la realidad en un espectáculo. Transformando a la política en un gran show.

El problema no radica en que la televisión invente una realidad sino que estamos dispuestos a aceptar que lo que se muestra es falso y estamos de acuerdo con eso, a tal punto de llevarlo a un poder político. Como diría Guy Debord: “En un mundo de cabeza, la verdad es un momento de lo falso” y no hay nada más falso que una figura de pantalla en la Asamblea porque mientras consumimos los espectáculos que nos ofrecen, las decisiones importantes se toman en algún lugar que desconocemos, con discreción. Hoy por hoy, los verdaderos políticos, son todos cirqueros en secreto.

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