En 500 palabras: El amor y la melancolía

Desde hace unos meses, no he podido despegar la idea del amor, con la idea de la melancolía. Siento que están intrínsecamente conectadas. Tendría sentido porque si lo pensamos, amar no es nada más que el deseo del ser humano por luchar contra su propia mortalidad, por vencer a su propia intrascendencia. Parafraseando a Roland Barthes en su libro A lover’s discourse: 

Los humanos lo primero que hacemos es amar una escena, un fragmento de una totalidad, amamos lo que se nos presenta y capturamos de manera mental esa situación e inevitablemente la transformamos en un recuerdo.

Dentro de nosotros, existe una galería infinita de escenas capturadas por nuestro cerebro. Lo hacemos porque sabemos que el final es inevitable, que todo termina. Así que guardamos en nosotros todos esos momentos que vamos a extrañar, para recordar que sentimos algo, para recordar que en un momento determinado de nuestra vida fuimos felices. La paradoja está, en que mientras estamos viviendo esos momentos de gozo y felicidad, vamos en nuestro cerebro transformándolos en recuerdos, porque sabemos que esa sensación que estamos experimentando no va a durar y eso es lo que verdaderamente nos pone melancólicos.

El amor y las relaciones son una práctica para la muerte. Por eso el amor nos llena de una impotencia existencial, porque nos recuerda lo minúscula que es nuestra existencia ante el cosmos. Cuando nos enamoramos le pedimos a nuestra pareja que nos salve, que nos proteja del miedo de dejar de existir. Le pedimos que nos refugie en su mente, en sus galería infinita de recuerdos, para así poder resucitar dentro de otro plano metafísico, para así nunca morir. Todos estamos heridos por la transitoriedad del ser.

Todos en algún momento, comimos la fruta prohibida y adquirimos el conocimiento de que vamos a fallecer y eso nos aterroriza. Ese miedo lo sentimos todos, por eso al amar no solo queremos ser salvados, sino que buscamos salvar a la otra persona; pero pronto asimilamos que no podremos salvar a nadie, y al mismo tiempo nos damos cuenta de que nadie podrá salvarnos. Por eso duele tanto cuando una relación se acaba porque entendemos que nuestro rango de existencia ha disminuido, porque hemos dejado de hallar pertenencia en la mente de alguien, porque hemos de una u otra forma dejado de existir.

Por triste que suene, lo único que podemos hacer es: aceptar la hermosa tragedia que es amar y después de aceptar que es una tragedia, podremos enmarcar ese sentimiento en una obra, en un texto, en una pintura o en un video, que nos sirva de recuerdo tangible de que existimos, de que sentimos algo y que la muerte no va a destruir el amor que en algún momento tuvimos la dicha de sentir. Por eso hacemos arte, para intentar ganar una carrera que siempre estuvimos condenados a perder.

No voy a dejar de amar y todavía no encuentro la forma de no sentirme triste al momento de hacerlo, aunque siento que en verdad no importa, porque esa sensación conforma la experiencia de vivir y como Camus dijo alguna vez:

La vida debe vivirse a punto de lágrimas.

Hay que vivir o morir intentándolo.

¡Hasta la próxima!

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