Estuve perdida 10 horas en el volcán El Altar

La buena vibra cabe en una mochila.  Perderse para encontrarse. Experiencia ALTAR

Laguna Amarilla.

Carpas, sleepings, senderistas listos: Daniel Bernal, Elisa Córdova, Melissa Brito, Juan Francisco Córdova, Pedro Córdova. Dos autos, arrancamos a nuestros destinos: El Altar, volcán extinto en la Cordillera Oriental de los Andes, nombre que recibe a consecuencia de sus picos, su forma de herradura es característica, está situado a unos 45 km de Riobamba, ubicado en Parque Nacional Sangay.

En nuestro vehículo, la música sonaba a todo volumen, los sentidos se nos agudizaron al aplastar el acelerador. No celular, no rutina, no presiones, solo la buena vibra que cabe en una mochila. Me preparé para una aventura llena de experiencias, dispuesta a descubrir los sincronismos y las conexiones. Dicen que si pides respuestas al Universo, éste no tarda en dártelas. Comenzamos…

Nada se compara con la maravilla de no dejar de sorprendernos en la carretera. No fue fácil encontrar el primer refugio, lugar donde dormiríamos la primera noche, hacienda llamada “Releche”. Por despistados, tomamos otra vía en lugar de Penipe, que era la correcta, pero apreciamos un paisaje hasta hallarla nuevamente; el sol brillaba sobre las montañas. Sonaba la canción Cath & Realise de Matt Simons.

Una vez en la hacienda, procedimos a acomodar las cosas: alimentos, cocineta, ropa térmica, entre otros. Dividimos las raciones de comida, que cada uno cargaría, tratando de que todos tengamos el mismo peso. Al siguiente día debíamos levantarnos temprano.

Así fue, 6 horas de caminata hasta el segundo refugio, en medio de lodo y neblina. Se me hizo muy complicado, la ira de no poder caminar más rápido me ganaba, fui dura conmigo misma y solo repetía “no puedo, no voy a llegar”. Daniel, en un momento giró su rostro hacia mí y dijo: “No gastes energía evitando el lodo, ahí es cuando te caes y te demoras”. En seguida, Juan Francisco comentó: “No digas ‘no puedo’, aunque sea arrastrándonos pero llegamos”. Me detuve, respiré. Mientras seguía, reflexionaba: la mayor parte de nuestros días tratamos de esquivar los problemas, personas y circunstancias que creemos una amenaza, pero, ¿qué tal si, simplemente ignoramos esas situaciones y a paso firme, caminamos, considerándonos capaces de comernos el mundo? De seguro, transitaríamos deprisa sobre las adversidades y conquistaríamos nuestros sueños.

Faltaban dos horas más por viajar al Altar, cuando estábamos escalando las rocas junto con Daniel y Elisa. El cansancio era inevitable. De pronto, aparecieron unos turistas que nos dieron, literalmente, la mano, además de motivarnos: “faltan 5 minutos para la cima. No saben lo que les espera, es hermoso” Era verdad, logramos alcanzar la cima, nos sentamos los tres atónitos, casi sin aire, pálidos, pero ver desde cerca sus glaciares glaciares hace que por tus venas recorra una sensación de que todo el camino recorrido valió la pena, el frío, los dedos de manos y pies casi congelados, el cansancio, todo, ¡valió la pena!. El Altar estaba ahí, majestuoso, esperándonos y en el centro de aquel, la Laguna amarilla formada por los desprendimientos de sus glaciares. Armamos las carpas, y acampamos. Entre risas, cartas, preparábamos la comida. Esos amigos conectados a una misma frecuencia.

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Nos dio los buenos días el sonido del hielo cayendo por las pieles del volcán. Nos lamentábamos por no haberlo grabado, pero vaya, la mejor grabadora está en el corazón… en el recuerdo. Desarmamos el campamento y el descenso del Altar se emprendió.

El orden en la caminata era: Adelante, Pedro, segundos Daniel y Elisa, tercero Juan Francisco, atrás iba yo, y por último, Melissa. Me quedé absorta viendo flores amarillas distribuidas en el sendero. Mis compañeros se alejaban, decidí esperar a Melissa. No quería apresurarnos sino disfrutar el regreso. Además, comentábamos con Melissa que cada uno tiene su ritmo y más si algunos de ellos querían entrenar, estaría bien que se adelanten, era su tiempo.

Todo iba viento en popa, hasta que seguíamos caminando y no llegábamos al final de esta aventura. Comenzamos a preocuparnos, era hora ya de haber arribado a Releche. Llovía y el lodo crecía, los zapatos se nos quedaban atrapados, no teníamos más comida, obscurecía.   ¡Sí!… nos habíamos perdido… estábamos deshidratadas, el agua se acabó en el campamento, tomamos únicamente unos bocados en las vertientes y riachuelos que caían en las montañas.

Perspectivas en mi mente emergieron: por qué siguieron nuestros compañeros sin nosotras, pero reflexioné: cada persona tiene su proceso, no porque no te consideren o porque no te quieran, sino porque no puedes detener al resto si te cuesta seguir; si no caminas, la vida sigue, el mundo no se detiene porque tú pares. Respetar el proceso y el ritmo de cada uno es el reto.

Con sorpresa, al estar perdidas, nos topamos en el camino a una joven guayaquileña. Estaba en la misma posición que nosotras, perdida, desconcertada, asustada, no había comido desde el día anterior, y contaba que su grupo también siguió sin ella pues, caminaba más lento que los demás. Su nombre era “María José”, jamás lo olvidaré. Juramos no separarnos, casi sin fuerzas, con las mochilas en los hombros, empapadas, tras 7 horas perdidas. Caía la noche, la desesperación nos apoderaba. Cuando caminaba y sentía que no podía más, recordé que Daniel el primer día, llevó en su auto a una anciana que encontró en la vía, la mujer tenía un saquillo de mazorcas – la señora probablemente realizaba el recorrido todos los días. Me sirvió de ejemplo para seguir porque ella bajaba cargando el saco en sus hombros para venderlo, sola, para alimentar a su familia- Parar, no era una opción para ella, quejarse tampoco. Oraba para que saliéramos vivas de todo ello. Majo casi se desmayaba. La angustia nos ganó. Casi no se veía nada, llamamos al 911 desde su celular que era el único, nos pidieron que describamos qué veíamos alrededor, ya que no nos podían localizar.

Cuando la joven de Guayaquil nos dijo que avancemos sin ella, Meli nos apretó fuerte la mano a mí y a la chica. Estábamos juntas en esto, si se quedaba una, nos quedábamos todas. Un acto de amor tan grande, ¿cuántos de nosotros vemos por otros? ¿Cuántos de nosotros somos capaces de arriesgar nuestra estabilidad y felicidad por alguien más? ¿Qué tantos sacrificios somos capaces de hacer por los demás?   En ese momento, en mi corazón y por las vibras de mi cuerpo, resonó la frase de Tránsito Amaguaña, una lidereza indígena que admiro: “Nosotros somos como los granos de quinua, si estamos solos el viento nos lleva lejos. Pero si estamos unidos en un costal, nada hace el viento. Bomboleará pero no nos hará caer.”

Estábamos decididas a quedarnos en una planicie, solo un milagro nos libraría. Que pasara lo que tenía que pasar, la esperanza estaba muriendo. Pero, Majo comenzó a silbar, sin perder la fe, un campesino escuchó el ruino, nos gritó que bajaría a salvarnos. Mi compañera me abrazó y me dijo con lágrimas en los ojos: “Ve el cielo, ve el cielo está estrellado”, reíamos, llorábamos al mismo tiempo. ¡Nos encontraron!, el miedo se desvaneció. Melissa, cargó mi mochila para que yo pudiera descender, a pesar de que ella tenía el mismo dolor y con inicios de hipotermia. Agradecí, porque las personas surgen de la nada a nuestras vidas cuando menos lo imaginamos, nos ayudan a alivianar el equipaje que traemos… vaya bendición. En mi cabeza retumbaba que lo que nos hace hermanos, no es la sangre, sino las situaciones que nos marcan. Una vez subidas en la patrulla del GOE, rescatadas, con inicios de hipotermia, nuestros compañeros de viaje nos abrazaron preocupados.Me acordé entonces de la frase que me dijo Pedro cuando íbamos a Releche y tomamos el camino equivocado: “Hermoso lugar, si no nos hubiéramos perdido no hubiéramos visto este paisaje”.

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