Un póster de Lali Espósito rodeado por adolescentes

Escrito por Agustín Villavicencio 

@agusvillarri

Puede ser esa sonrisa una gestualidad alegre capturada a la arbitrariedad de la cámara, reflejo entero de la naturaleza festiva de la existencia humana. Pero no lo es. Es una representación: la de la sonrisa: la exposición de la geometría oblicua que implica la visión de los dientes superiores con el protagonismo de los incisivos, un leve margen de encía en contrasta con el níveo dental, y el levantamiento de la comisura que arrastra los labios hacia la expresión de la felicidad.

Una sonrisa media (igual que todos), total (nos rige a todos) e impersonal (le pertenece a nadie). ¿Qué detiene a la sonrisa de convertirse en gesto? ¿Qué le impide ser el movimiento de una manifestación de emoción? ¿Alguna imprecisión? No, más bien la falta de. Porque Lali Espósito, sin importar el porqué, sonríe desde un papel, le sonríe a unos adolescentes que desconocen su nombre y también su sonrisa. Seis años atrás, un póster de Lali fue enarbolado en el aula de un colegio jesuita de Guayaquil junto al cuadro de la Virgen Dolorosa.

Apareció intempestivamente una mañana pegado sobre la pared de la clase, nadie admitió haber hecho, nadie preguntó. Un dejo de sorna, un guiño irónico ante la realidad de cuarenta hombres conviviendo diariamente sobre la interdicción de manifestar el deseo gestualmente. En un colegio exclusivo de hombres, el espacio femenino es un imaginario que se construye para afuera, desear por lo tanto es también, más que nada un verbo que alude a lo imaginario, se desea para afuera, a una representación de lo femenino, se desea como un hecho puramente lingüístico (modo en que es posible una aproximación el campo imaginario a través de lo simbólico). Al igual que la sonrisa, el deseo de aquellos adolescentes tiene (dentro de las aulas) una existencial puramente verbal. De allí la primera implicación: “Esa man está buenota.”

Manifiesto común de toda la clase que deja a la sonrisa de una tal Lali Espósito determinadamente elidida: no está sonriendo, está buenota. La precisión que aleja a la gestualidad está en la seguridad de la belleza. Lali no es una persona, sino una significación. Una significación de alegría para una lectura primaria e ingenua; una significación de lascivia para una lectura detonante y hormonal. “¡Qué bestia, esa mujer es la perfección!” “¡Qué guapa la desgraciada!”. Cada expresión teje lentamente la distancia entre la persona (los adolescentes no se preocupan por conocer su nombre) y la expresión (la imagen de Lali es una acto de significación).

Mirar a Lali es ver un rostro de piel lisa y tersa, ¿qué imperfección me puede confirmar la existencia diferenciada de una idea (la idea generada en los imaginarios de los adolescentes)? Encontrarla es imposible y en consecuencia también lo es el escapar del campo de lo imaginario. Por lo tanto cualquier gesto (ahora como una manifestación de los receptores) es posible únicamente en actos verbales. “¿Se imaginan si esa man viene al aula?” “Toda la clase estaría haciendo fila para saludarla.” “ Ni fila, loco.” “Esa man no sobreviviría.” “Moriría partida.” “Sí, pero moriría feliz.”

Mirar a Lali es olvidarse de su nombre y de su sonrisa. Mirar a Lali es imaginar. Tocarla es imposible, besarla mucho menos. La convención que hace un póster sobre la belleza muda a un acto del deseo. El significante del póster nunca convocó a Lali (¿cuál es la seguridad de que sea ella -carne y hueso- la dueña de esa imagen?), su significado fue la lectura púber de un deseo que por un momento pudo manifestarse.

Lali es el espacio femenino que ingresa subrepticiamente a ocupar el lugar vacante en un colegio de hombres. Lali, en palabras de Barthes es un mito (“el mito no podría ser un objeto, un concepto o una idea; se trata de un modo de significación, de una forma”): Lali es un póster, el póster es Lali; ambos son el acto de exclamación del deseo de unos adolescentes lujuriosos. El póster dura hasta que agota su función simbólica: “Ella es la patrona de la clase, siempre que salgo le doy un besito, esa es la razón por la cual ha de estar mojadita.” Húmedo, rugoso y opaco el póster tiene que ser desechado. La belleza ha desaparecido junto a los actos lingüísticos del deseo. No duró más de una semana. Al final el imaginario adolescente terminó siendo profético, esa man no sobrevivió, murió partida en trocitos de papel dentro del tacho de basura.

Untitled

(Foto del póster puesta en Facebook para celebrar la visita de la patrona al 5to curso sociales del Colegio Javier, 2009).

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