Es tu responsabilidad hacerle notar a un idiota, lo idiota que es.

Texto por Gabriela Muñoz

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Fuera de toda duda, en una conversación está aquello de estar “abierto” a los argumentos del interlocutor y aprender que ciertas categorías que utilizamos están llenas de valores que el otro puede no compartir. Por lo que, si estamos encerrados en nuestras valoraciones, nos exponemos a múltiples malentendidos. Sin embargo, hay algo que está faltando en ciertas consideraciones del protocolo que debemos seguir cuando entramos en una discusión. Estas consideraciones pasan solo por la charla de salón, de pasillos y de reunión intelectual típica de la vida contemplativa (ver Hannah Arendt “La condición humana”). Falta el aspecto de la vida activa, pública, la de la acción.

¿Puedo hablar siempre respetuosamente con todas las formalidades, sin prestar atención del contexto y las implicaciones que su discurso puede tener? Pasamos del educado “discrepo contigo” a ser irresponsables con nuestra sociedad y lo que consideramos correcto, en favor de formalidades sociales. Si escucho a alguien decir: “A los negros y a los putos hay que matarlos a todos” creo estar en todo el derecho de decirle: “Disculpe usted, pero es un reverendo imbécil retrógrada. Con mucho respeto y cordura se lo estoy diciendo”, especialmente si esa persona ejerce algún tipo de poder de decisión en la sociedad. Y aunque no la tenga, es miembro de esta, y pone un granito más de arena al pensamiento maquinador de degradaciones de ciertos grupos sociales identificados como “el otro”. Jean Paul Sartre dice que mi libertad termina donde la del otro comienza, pero también sostendría que si el discurso del otro está en efecto afectando mi libertad, no solo puedo, sino que tengo una obligación a manifestarme. Esos grupos que mencioné anteriormente, que hoy por hoy son bombardeados con el discurso hegemónico y deben callar. Eso me parece más violento que la respuesta que planteo al “Señor Imbécil apellido Retrógrada”.

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No importa la formalidad por mera formalidad, necesitamos contenido. No nos podemos quedar en el solipsismo y relativismo de “esa es tu verdad, esta es la mía”, cuando hay cosas que, efectivamente, pasan porque en la realidad afecta el pensamiento imperante y violento con todos. A veces hay que pararse a decir lo que hay que decir sin pretender que se tiene la razón en todo. Me parece que hay cosas evidentes: no puedo tenerle respeto mi interlocutor si éste no me tiene respeto a mí. Si un hombre le falta el respeto a una mujer diciéndole que sus necesidades no importan frente a las del hombre, ¿ella tiene que sonreír y decir dócilmente que está en desacuerdo? No, yo creo que en el discurso hay poder, y hay que conquistar lugares en el discurso que circula y porque una opinión es menos popular que otra, hay que hablar con más fuerza a veces. Exponer argumentos, nunca abandonarlos. Elegir las batallas discursivas que se pueden ganar, discutir por valores, no por egos ni pretensiones de intelectualidad o moda, discutir para cambiar la manera de ver el mundo que nos incluya a todos.

Tal vez, sin querer, se deja de lado este aspecto político en nuestra cotidianeidad que tienen las discusiones de este tipo, sin importar lo banales que parezcan. Porque hablan de un espacio en común que compartimos, en el que nos debemos el respeto al derecho del otro de luchar por conquistar un lugar en el discurso, conquistar derechos y espacios.

Eso es respeto.

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