El Chismógrafo Sociocultural

Desde los 16 años, la relación que mantenía con la televisión nacional se comenzó a romper poco a poco. Decisión que tomé sin motivo alguno y se convirtió en una tarea difícil de cumplir en un principio, ya que en mi casa era casi un ritual ver televisión después, o durante, el almuerzo, horario donde pasaban los programas de farándula nacional –Llámese VCT-. Por concluyente, a pesar de ser una adolescente que se negaba a disfrutar de la tele, también caía en el juego de ver su programación mientras acompañaba a mi madre, profesora universitaria, a ver tele, y corregir sus exámenes); o a la señora que trabaja en mi casa, mi nana, mientras doblaba la ropa. Las dos se tomaban su receso en la tarde para disfrutar de la programación de dos a cuatro de la tarde.

Yo las veía y me preguntaba cómo una catedrática hasta la médula y una señora de estudios básicos, pero vivencias infinitas, disfrutaban al mismo tiempo de la misma programación.

La respuesta yacía en el impacto de la industria cultural en nuestra sociedad.  Ahora entiendo que los programas de farándula funcionan y funcionarán porque son un reflejo (visto desde la comodidad de la tercera persona) de nosotros mismos.

En ese sentido, los programas de crónica rosa basan su cartera de contenido en relatos sobre la vida privada de personajes reconocidos en la televisión nacional.

Que si fulana le puso los cachos a fulano, que si menganito no reconoce su relación con menganita, o si fulanito no admite que ya todos saben sobre sus relaciones homosexuales.

Nos dan el lujo de poder comentar y juzgar la vida de los otros, sobre la de nosotros mismos, e incluso nos dan la libertad de decidir qué podemos juzgar y qué no. Pero, más allá de inmiscuirnos y sentirnos relacionados con su vida, ¿hasta qué punto nosotros hacemos la historia o la historia nos hace a nosotros?

Estas cuestiones me hacen considerar que el relato de los programas de farándula se narran desde la voz del protagonista, los comentaristas, y sobre todo, del espectador. Porque las noticias no terminan cuando se presentan en el programa. Tienen sus múltiples réplicas mientras se ve el programa y tiempo después cuando se comenta sobre el contenido que dieron (típica conversación en la peluquería o tienda).

Visualizándolo con ejemplos:

¿Por qué la muerte de la China Ruiz, produjo indignación de la gente sobre su pareja, y no trajo a la palestra pública cuestiones tan simples como los perjuicios de beber bajo el efecto del alcohol?

¿Por qué la noticia del fallecimiento de Sharon, trajo notas y comentarios de ella en su calidad de diva  y artista y no sobre las problemáticas del femicidio en nuestra cultura?

¿Por qué nos indigna que los miembros de En Contacto consuman drogas, y no pensamos en la realidad diaria de los colegios de Guayaquil?

¿Por qué es mejor hablar y callar ciertas cosas?

Esta cuestión, la dejo libre a responder por ustedes. Yo considero que el problema, ya no es la cultura, sino la negación de los comunicadores a generar un cambio (y aquí si peco de idealista). La responsabilidad es de todos los actores, tanto comunicadores como públicos.

Entonces, mientras observo a mi madre y mi nana comentar sobre la nueva relación de X personaje de la farándula. Argumentando, refutando y concluyendo sobre la noticia… yo hago un poco lo mismo que ellas mientras escribo este artículo en mi computadora.

¿Quieres saber más del tema?… Te dejo esta TED Talk que lo aborda desde el contexto estadounidense.

Anuncios