Yo he visto el Quilotoa con nieve y tú no.

Este es el relato de cómo la lluvia me persiguió en tres lugares distintos de la Sierra.

Nunca había ido a Quilotoa, pero siempre me había sentido ansiosa por conocerlo. Mi mamá, que ya había ido antes, decidió, que por su cumpleaños, todos visitemos este maravilloso lugar del que tanto se habla. Primero, nos preparamos llevando una maleta gigante llena de abrigos, gorros y guantes y nos subimos al carro con la promesa de encontrar este volcán de agua turquesa.

El camino al Quilotoa es bastante extraño por una razón: todos los pueblos que cruzas son muy calurosos, la mayor parte del viaje, pero de repente te congelas. Literalmente, llegas a un punto en que debes ponerte todas las chompas que encuentres. Por lo menos, eso me pasó a mí, que soy muy friolenta y que al llegar a Quilotoa lo encontré algo distinto a cómo la gente normalmente lo describe.

Cuando finalmente llegué a mi destino, tuve una gran sorpresa, ¡todo estaba lleno de nieve! y no había prácticamente nadie. Solo encontré a un francés y un alemán, que al igual que yo, quisieron hacer la caminata para bajar al volcán pero no pudieron porque todo estaba muy resbaloso. No había ni un burro para bajar (usualmente suelen haber), ni un vendedor. Casi todos los lugares estaban cerrados, excepto dos. En uno me trataron como si prácticamente me hicieran el favor de abrir el lugar, así que me fui al otro, en el que sí me atendieron bastante bien.

He visto fotos de personas hasta con zapatillas en el Quilotoa y un gran sol. Pero, yo estaba parada en el mismo lugar con 3 pantalones, 2 suéteres, guantes y botas. Miraba para arriba y solo encontraba un número infinito de nubes negras y gotas de agua en mi cara. Después miraba para al frente y encontraba a mi mamá diciendo: “Qué pena, no se imaginan, el color de la laguna es en serio turquesa, y aquí se ve negra.”, mientras yo decía “Sí se ve como un turquesa oscuro” y ella ponía cara de descontento.

Viéndolo de forma positiva, yo he visto el Quilotoa con nieve y tú no.

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Muchos de mis amigos dijeron: ¡Qué increíble, el Quilotoa con nieve! y yo tenía sentimientos encontrados al respecto.

Al día siguiente fui al Cotopaxi y adivinen qué, ¡también empezó a llover! No nos importó y seguimos subiendo al primer refugio. La verdad es que ni siquiera pudimos llegar ahí. Al mismo tiempo que nos aproximábamos al refuigio, nos metíamos cada vez más en una lluvia de granizos. Nunca había estado en una antes, así que aprendí algo de ésta: cuando la lluvia es fuerte, los granizos duelen y te pueden caer en los ojos.

Nos bajamos del carro para por lo menos tomarnos una foto con el Cotopaxi de fondo y fue ahí cuando aprendimos esta hermosa lección.

La lluvia no solo trae las molestias que mencioné, sino que también nubla todo el Cotopaxi. Era realmente un acto mágico encontrar un ángulo en que la punta del Cotopaxi se vea un poco despejada.

Aunque no pudimos subir y hacer la caminata del primer refugio al segundo, hicimos una caminata por una laguna que nos ofreció unos paisajes hermosos. Siempre hay un lado bueno, después de todo.

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Nada había salido como lo planeamos, así que decidimos darle un giro a nuestro calendario preestablecido para ver si teníamos mejor suerte. No contemplábamos de ninguna forma llegar hasta Quito, pero no teníamos nada que perder y visitaríamos a mi abuela, que por cierto, es la mejor chef que puede existir.

Como ya era de esperarse, después de media hora de haber llegado a Quito, vino una tormenta. En cambio, ese mismo día, hacía sol en el Quilotoa.

Llovió en los dos días que estuve en Quito. Mi viaje se convirtió en uno gastronómico, pero esto hizo que mi mamá pueda celebrar su cumpleaños decentemente con una torta deliciosa.

Aunque viví muchas experiencias agradables en este viaje, se creó en mi cabeza una nota mental permanente: “Nunca viajes a la Sierra en invierno.”

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