El síndrome de Ulises

Mi reflexión sobre esta obra.

“Más quisiera pasar numerosas fatigas y penas y a mi casa volver y esperar la ocasión del regreso, que morir al llegar a mi hogar” – La Odisea. 

Entre La Odisea y El síndrome de Ulises no hay parentesco, solo el deseo incansable de estar en el hogar. Los personajes son viajeros que danzan en los recuerdos y los discursos de otros. Los caminos son frágiles y la espera eterna. El centro de la obra es la danza, el movimiento. Los cuerpos se unen y se separan; se destruyen y se conforman. Hay una presentadora que parece una muñeca y con su voz chillona, nos canta en alemán. Los espectadores, el discurso de las proyecciones del fondo y el protagonista, todos somos extranjeros.

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“Y podemos trabajar desde el día hasta la noche”

El inmigrante se va en busca de trabajo, abandona todo lo que conoce: su cultura, sus amistades, sus amores. Pero el arraigo a la tierra a la que pertenece siempre está. Los años viejos y los años nuevos, nada permite que él olvide de donde viene. La danza es inexplicable, solo entendible cuando es vista, pero hay diálogos que acompañan al movimiento. Nos cuenta el protagonista, que vivir en otro lado en vez de hacerlo en donde se nace, es como: “Estar en todas partes y ninguna a la vez; el don de la ubicuidad y de la omnipresencia.”

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Los globos

Mientras veía la obra, caí en cuenta de lo ridículo que son los globos. Son envases que guardan nuestro aliento, nuestro suspiro y de cierta forma nuestro esfuerzo. Es común verlos en una fiesta como la decoración básica de un lugar. En el Sindrome de Ulises, los globos son tristes. Se quedan en el piso, como si no hubiésemos alcanzado el festejo. No llegamos porque estamos lejos, porque no hay fiesta para quienes están lejos del hogar.

Hay una danza que me llamó la atención e invito a quienes vayan a ver la obra, la observen con cuidado. Los protagonistas danzan con un globo entre ellos, éste separa sus cuerpos pero los une. La distancia es lo que los conecta, tiene que haber algo que los separa ya que la consumación es enemiga del deseo. El chillar de las rodillas sobre el piso, los globos sobre los cuerpos y los movimientos, es en lo que el espectador debe sumergirse.

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La lucha

Al igual que Ulises en La Odisea, el protagonista se esfuerza por volver, lucha consigo mismo. Se encierra en una batalla que no puede ganar, y es que ganar la pelea es destruirse. La razón por la que el protagonista se va de su hogar, es para alcanzar una mejor vida o un mejor trabajo, una vez que lo tiene, la pelea es por volver; pero ésta significa abandonar todo por lo que luchó. El círculo vicioso. El personaje pelea con su paradoja mientras da vueltas torpes, se golpea y se encierra. No hay forma de ganar, pero eso no evita que no se pueda volver. En el final, el regreso del extranjero sin hogar, es acompañado por “No dejes que se hunda el barco, Mamá María”.

El síndrome de Ulises

La obra se presenta en La Fabrica. Urdesa central – Guayacanes 215 y la Segunda. Piso 2. Costo de la entrada: $10. El elenco está conformado por Tani Flor, Omar Aguirre e Isis Granda. Bajo la dirección de Nathalie Elghoul. Se presentará el 17, 18, 19, 24, 25 y 26 de abril a las 20h00. Una obra sensible que no deben pasar por alto.

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